LA VEJEZ
Sentada en esta silla blanca y vieja, mis pies apenas pueden notar el ligero frescor del suelo…, junto a esta ventana, donde veo deslizar las gotas de la lluvia… el cielo está gris, apenas veo gente pasar… mis manos temblorosas acompañan los pasos de las perlas de agua que empañan el cristal…, me encuentro a las puertas de la muerte, no quisiera dejar un mundo sin decir que te conocí, no quiero cerrar mis ojos, sin antes afirmar que probé las llamas de tu fuego y que ardí en ellas…
“Yacía en mi cama, llena de algodones y cojines blancos, un fino velo de gasa recubría, tus manos acariciaban mi cuerpo… acariciaste mis pies, con tus manos humedecidas, recordando los largos paseos en aquel lago del pueblo, siempre descalzos para notar el contacto natural de aquella helada corriente, que en ocasiones no podíamos mantener firmes. Las piernas…, como me quedaban aquellas minifaldas… ¿lo recuerdas?, tus manos temblaron al alcanzar mi barriga, con que fuerza acariciabas mi barriga… la que llevó consigo a tres preciosos bebes, aquellos meses de pesadez y de calor…, ¿Qué será de ellos?, tu mano dudosa acaricia mis hombros, que lasciva me siento al decirte que me excitaba cuando los besos ardientes rozaban parte de mi cuerpo…
Siento como tus manos, sumergidas en tristeza llegan al final, cuando rodeas mis labios de continuo dulzor, mis ojos… mi nariz aguileña… siento la tristeza en mi cuerpo, como las lágrimas se desprenden…
La vejez se apodera de mí y tú, que largo tiempo me dejaste verte, hoy no quiero irme sin decir que lo has sido todo.
Recorrí bosques enteros para formar un apile de leña, una hoguera de infancia llena de chispas, una adolescencia fogosa, y en estas brasas de la madurez… ya no me queda leña que apilar… “
Desasí…

