Cuando amar se convierte en toxicidad y maltrato.
María abre su peor vivencia para este blog. Una historia desgarradora que no te dejará indiferente, a mí me dejó completamente emocionada. AGRADEZCO que abra este episodio para todos nosotros . Una muestra más de sanación .
Era un día soleado de verano y como cualquier otro de mis 15 años bajaba por la calle hasta casa. Vivía frente a la playa, en una zona privada. Yo era lo que podríamos llamar una… pija… Tal cual.. esa definición era perfecta. Todo el ambiente que me rodeaba era de niños bien educados cuyos padres eran médicos, abogados, farmacéuticos… y de repente le vi. No era guapo y ni siquiera atractivo pero tenía algo en él que me magnetizó de inmediato. Tal vez fue su forma de mirarme, tan descarada, tan segura. Y lo hacía mientras hablaba con un amigo común saltándose todas las normas de cortesía escritas. Así que no lo pude evitar y me acerqué para que nuestro amigo común nos presentara. - Mira Fernando ella es María- dijo mi amigo muy presto. - Encantado María- contestó él mientras su mirada recorría todos y cada uno de los milímetros de mi piel de una forma que me erizó completamente. ¿Qué me pasaba?. Estaba acostumbrada a que me miraran a pesar de mi corta edad. Mi físico sobresalía sobre el resto y llamaba la atención allá donde iba. Pero esto era diferente. Era algo eléctrico. No entendía nada. ¡¡¡Y tanto que no entendía nada!!!. Yo, virgen aún, y cuyos labios solo habían besado dos veces, estaba delante de un depredador cuya psicopatía destrozaría por completo mi vida en los 8 años siguientes.
En pocos días él se convirtió en mi sombra, me agasajaba, me hablaba dulce si estaba triste, se reía si yo reía, adecuaba su humor al mío. Aprendió rápido mis preferencias y las hizo también suyas. Era todo un conquistador y nada hizo saltar las alarmas en mí. ¿Cómo iban a saltar si yo era tan inexperta?… y para cuando me saltaron ya estaba metida en una maraña con difícil salida.
Recuerdo nuestro primer beso… él se pegó mucho a mi, me abrazó por completo y empezó a frotarse contra mi cadera. “Ah ok, así deben de besar los chicos mayores. No te apartes porque pensará que eres una niña”.. Pensé a pesar de mi incomodidad ante tanto… refrote… Él solo tenía 3 años más que yo pero en esas edades y esos tiempos eso era todo un mundo de experiencias de diferencia.
Y así quedó inaugurada nuestra relación.
En ningún momento fui consciente de como me perdía a mí misma; él era muy hábil, muy indirecto. Recuerdo muy al principio que me dijo que llevaba una falda muy corta y yo sin más le espeté “me pongo la ropa que me da la gana y si no te gusta chico ahí tienes la puerta”. Era bien sabido por todos que yo tenía un carácter de aúpa así que él se amoldó una vez más a eso… y pasó al modo “encubierto”.
¿Hasta qué punto él tenía “problemas” que consiguieron que mi voluntad quedara anulada con sus manipulaciones?.
Expongamos un ejemplo;
Llevábamos dos años juntos y él insistió en ir a un ciber café para ver unas cosas y quería que yo le acompañara. “Las cosas” que quería ver eran películas porno sobre zoofilia y pretendía, además, que yo le masturbara mientras las veía. En ese momento yo me quedé parada, en shock. No sabía qué hacer. Entonces él me explicó que era un experimento para su carrera y que yo debía ayudarle. Que no pensara mal de él y una larga retahíla de aseveraciones que dejaron sin lugar a dudas que yo no tenía mentalidad académica y que esto era algo muy normal entre estudiosos.
Y lo hice. SÍ, lo hice. Y no una vez sino todas las veces que me lo pidió. Me sentía vomitar haciéndolo pero lo hacía igualmente.
¿Dónde estaba YO?. Pues en ese momento gritando muy bajito en algún rincón minúsculo de mi persona.
Esto marcó un antes y un después. Fue la prueba fehaciente de que él podía hacer lo que se le antojara conmigo y que a pesar de estar o no conforme, lo haría sin más. Tal vez peleando, tal vez discutiendo.., pero lo haría.
Así que lo que vino después fue… aberrante. Masturbaciones en presencia de su familia, el cine, sexo cuándo, cómo y dónde él quisiera. Yo me convertí en una muñeca. Esa era mi mejor definición. Y mientras frases como estas eran una constate diaria.
– Nadie te querrá nunca, solo yo soy capaz de aguantarte.
– Eres una persona muy difícil
– Tienes mal carácter y eso se paga.
– Tanta inteligencia pero no sabes usarla
– ¿En serio te pondrás eso?. A ver…tú estás guapa con todo pero creo que tal vez esto otro es más apropiado.
De tanto escuchar esto te lo acabas creyendo… y mucho.
Luego empezó la etapa del vacío; podía estar sin hablarme días y días pero cuando veía que yo podía alejarme (como consecuencia de su actitud fría) volvía corriendo y me trataba maravillosamente durante unos días. Luego unos cuantos días más de maltrato, para más tarde volver a ignorarme y así sucesivamente.
Hay que aclarar que yo en ese punto (desde los 18 años) ya vivía sola (trabajaba y estudiaba para el estupor de mi familia) y él aún estaba con sus padres. Pero él me quería así; apartada de todos los que me querían y podían detectar cualquier situación anómala. Y al mismo tiempo lo usaba como arma… “¿Ves como tu familia realmente no te quiere?. Mira quién está contigo en los momentos difíciles.. mi familia y yo”. Y yo le creía. Era incapaz de ver que él mismo provocaba situaciones en las que yo acababa peleada y mal con mi entorno.
¿De cuántas formas abusó de mi?.
Ejerció abuso económico. Yo le pagaba universidad, viajes (conmigo o con sus amigos) y todo lo que necesitara. Él nunca trabajó.
Abuso emocional. Insultos, críticas constantes, hostigamiento (me seguía cuando quedaba con alguna amiga para ver qué hacía), actitud posesiva (nadie podía mirarme ni tocarme), provocar el alejamiento de mis seres queridos…
Infidelidades. Típico tópico; él era muy infiel pero el problema lo tenía yo que era muy celosa.
Abuso tecnológico. Me revisaba el móvil y ordenador constantemente y si no cogía el teléfono inmediatamente había problemas.
Abuso físico. Violaciones reiteradas en las que yo finalmente me dejaba ir. Dejaba mi mente en blanco para que él hiciera lo que quisiera con mi cuerpo y yo así no pensar en qué estaba ocurriendo, ya que era mi pareja y “estaba obligada” a acostarme con él.
Golpes… siempre sin marca, sabía cómo hacerlo. Golpes rápidos, secos. Nunca perdía el control de lo que estaba haciendo. Bueno.. tal vez un par de veces sí. Una en la que me tiró del coche en marcha y otra en la que me clavó un tenedor delante de su familia. Justo esto último fue lo que me hizo tener el primer avistamiento sobre la realidad de mi situación y que bendigo cada día que ocurriera …
Estábamos en su casa, en comida familiar (su madre y hermanas) y él estaba enfadado y me ignoraba (ni siquiera recuerdo porqué). Su madre preguntó qué le ocurría y contesté “Uy a saber…”. No lo vi venir. Él estaba junto a mí y con la rapidez de un felino me clavó el tenedor atravesando el pantalón y mi piel. Miré mi pierna mientras el pantalón se llenaba de sangre, lo miré a él y miré a su familia. Nadie reaccionó. Absolutamente nadie le dijo nada. Nadie.
Así que me saqué el tenedor del muslo, me levanté, miré a su madre y le dije:
– Perdona Silvia; creo que él no está de muy buen humor hoy, así que creo que me iré a casa a comer.
Y me fui.
Cuando salí aún nadie había abierto la boca. Bajé y me senté en un banco de la calle aún temblando, no podía dar ni un paso más.
En dos segundos mi teléfono sonaba. Era él. Miré el teléfono y resignada lo cogí.
– ¿Dónde estás?.
– En el banco detrás de tu casa.
– Quédate ahí.
Y lo que pasó a continuación fue… no encuentro las palabras… que sea el lector quien las ponga por mí…
– ¿En serio te has ido de mi casa faltando el respeto a mi familia?. – Dijo él lleno de ira.
– ¿Qué?- Mi pensamiento traducido a lenguaje contemporáneo hubiera sido WTF?
– Ahora mismo vas a ir a comprar dulces y a regalárselos a mi madre y pedirle disculpas porque eres una maleducada que se ha ido en mitad de la comida.
Me miré la pierna, sangrando, con el pantalón manchado y levanté la vista y lo miré.
– Si te duele te jodes, la culpa la tienes tú que mira cómo me pones de mal humor. Si fueras una persona normal estas cosas no pasarían. Mi madre me ha dicho que más vale que te comportes cuando vengas a casa.
Y ahí lo supe. Supe que le dejaría, supe que encontraría la forma, el valor, la autoestima. Supe que volvería a mirarme en el espejo y me volvería a ver a mí y no a ese pseudoyo en el que me había convertido. No sabía cuándo pero lo haría.
Pero lo peor estaba por venir…
Él empezó a obsesionarse por mi físico y mi peso. Yo era delgada, con unas formas envidiables. Era el tipo de persona por la que las personas suelen voltearse en la calle.
Él era de estatura media, gordito y nada agradable a la vista. Estaba obsesionado con su físico, con adelgazar, con muscular… sin obtener resultados. Y desarrolló lo que podríamos llamar “anorexia por poderes”. Él se quería mucho para maltratarse con la comida y yo era el blanco perfecto.
Empezó a ponerme de pie, desnuda, después del sexo consentido o abusivo (daba igual) y a decirme uno tras otro todos los defectos de mi cuerpo y de mi cara. No se dejaba ni uno… los relataba minuciosamente y me decía que había que cambiarlos. Yo debía adelgazar para estar mejor, debía hacer ejercicio para reforzar áreas que él veía insuficientes. Incluso me ponía ahí a hacer abdominales o lo que él quisiera. Y empezó a pesarme cada día.
Cada día. Y si no tenia al menos varios cientos gramos de menos que el día anterior convertía mi vida en un infierno.
Y a esto se unió su madre. De nuevo.
Cuando salía de trabajar debía ir a su casa y si él no estaba era su madre quién se encargaba de decidir qué debía comer y qué no. Y yo obedecía.
Y así pasaron los meses en los que me había convertido totalmente en un zombie. Había perdido 20 kilos y en ese punto ya solo comía al día un yogurt o un poco de crema de verduras.
Solo era piel, huesos y ya no tenia la regla debido a la desnutrición. Pero él estaba feliz y su madre también. Cada día eran palabras de felicitación y ánimos posteriores para conseguir un poco más de pérdida. Y cuando me portaba bien me dejaban comer un poco de arroz.
¿Por qué no comía en mi casa? Pues porque tenía que llegar a pesarme con menos gramos al día siguiente.
Y ahí estaba yo… en el descanso para comer en el trabajo, con un yogurt en la mano. Sola, habiendo alejado a mi familia y amigos, delgada y agotada. Y preguntándome hasta dónde serían capaces de llegar y dónde estaba todo el amor que yo sentía por mí misma.
Me levanté, me miré al espejo y me vi realmente a mí misma por primera vez en ocho largos años y dije ¡BASTA!
Tres semanas después y con ya todo listo, cogía mis maletas, dejaba mi casa, mi trabajo, toda mi vida y me mudaba a otra ciudad donde él ni su familia pudieran encontrarme.
SIN MIRAR ATRÁS.
