RELACIÓN TÓXICA II

PORQUE AMAR SIGNIFICA SER LIBRE.

Aún recuerdo ese día como si fuera ayer. Yo, andando con mis maletas y una sensación de libertad que me llenaba el alma

AVION

No sabía lo que me deparaba el destino. No tenía trabajo, no tenía ingresos, no conocía a nadie en esa ciudad salvo a parte de mi familia y tampoco me importaba. Era libre. Total y felizmente libre. Recuerdo que incluso lancé una carcajada al aire y no permití que la incertidumbre sobre como reaccionaria él, cuando fuera consciente de que me había ido, me borrara la sonrisa de la boca.

Mi huida fue muy planificada. En esas tres semanas había dado preaviso en mi trabajo, dejado mi piso y me había portado mejor que nunca. Tenía pavor a que él notara cualquier cambio, a que me leyera el pensamiento, a que supiera… y a bien me contuve de no contarle a nadie lo que me disponía a hacer. Solo a mi Yaya, ya que me quedaría en su casa.

Y por fin llegó el día.

– María… ¡qué delgada estás, por Dios!- dijo mi Yaya cuando me bajé del autobús.

– Ya lo sé Yaya pero no te preocupes que en poco tiempo con tus comidas me repongo.

Cuando llegamos a su casa (mi casa desde ese momento), ella se sentó en su butaca y me hizo sentar en el suelo, a su lado. Cogió mi cabeza como cuando era niña y me empezó a tocar el pelo.

– María cuéntamelo, ¿Qué es lo que está pasando? ¿Es que ese chico ya no te gusta?

 

Y ahí rompí a llorar. Lloré durante horas con ella tocándome el pelo. Así nos pasamos la tarde. Yo llorando y ella en silencio. Nunca le dije nada. No me atrevía a mirarla a la cara y confesar lo que él me había hecho. Y lo que yo me había dejado hacer.

El teléfono cortó mi llanto. Era él. Me había llamado ya varias veces y tenía varios mensajes. Así que respiré y decidí afrontar lo que había hecho.

– ¿Dónde cojones estás? – respiré profundamente cuando lo oí y lo solté todo en una bocanada de aire sintiendo que si le dejaba hablar me desmoronaría de nuevo.

– Me he ido. Lo siento, pero he cogido mis cosas, dejado mi trabajo, mi piso y me he ido. He decido que no quiero vivir la vida que tengo. Ya no te quiero. Ya no quiero estar contigo. Quiero otras cosas. Lo siento por no decírtelo en persona pero he pensado que así es mejor. Tampoco te diré dónde estoy porque no quiero ningún tipo de relación contigo. No quiero ser tu amiga. No quiero nada. Así que a partir de este momento estás soltero.

– ¿Qué? ¿Por qué? ¿Te has enterado de algo? ¿Alguien te ha dicho algo?- Juro que es la primera vez que una frase mía lo sacaba totalmente de contexto. Estaba claro que esto era algo que no esperaba.

– No, nadie me ha dicho nada. Te lo repito; te dejo porque ya no te quiero. No hay más razón que esa. Sé que es feo decirlo por teléfono pero por esta vez voy a ser egoísta. Así que ahora voy a colgar y te pediría que me dejaras tranquila.

Y colgué. Ya estaba, lo había conseguido. Me había enfrentado a él y había ganado… por esa vez al menos.

a

Durante muchos días había pensado cuál era la mejor forma, cómo decírselo. ¿Debía ser franca y decirle que era un psicópata maltratador? ¿Debía decirle que sabía que tenía doble vida y tenía relaciones largas con otras mujeres? ¿Qué debía hacer? Finalmente decidí que debía dejarlo desde un punto que fuera irrebatible, que no me pudiera discutir, que no diera lugar a pensar que podía volver conmigo. Y para mí el no amar a alguien era el motivo más absoluto de todos. Y sobre él me mantuve en el calvario que prosiguió durante los meses siguientes… no tenía ni idea de lo que un psicópata narcisista podía sentir cuando su presa lo dejaba… y me lo hizo saber muy bien.

rou
telefono

En un principio todo iba rodado. El universo se alineó para que esa ciudad se convirtiera en mi hogar nada más llegar.

En una semana ya tenía trabajo, ya tenía una amiga y comía. ¡Vaya que si comía!.

Mi mayor preocupación en ese momento era que yo misma hubiera adquirido un trastorno alimentario derivado de los meses en los que ellos no me dejaron comer. Y por suerte no fue así. Con ayuda de un psiquiatra puse todo en orden en ese sentido.

 

Él llamaba entre 30 y 40 veces al día. De día y de noche. Yo a veces lo cogía para volver a reiterarle que ya no le quería, que estaba bien donde estaba y que por favor me dejara tranquila. El patrón de conversación solía ser siempre el mismo. Mi estado en esas conversaciones tenía el mismo automatismo que mi mente vacía cuando me violaba.

 

– Hola- contestaba yo.

– Explícame que está pasando ¡joder! – a veces decía esto gritando y otras veces frío y calmado.

– Que no te quiero, no quiero estar contigo. Estoy bien. Y estaría mejor si me dejaras en paz.

– Es que no lo entiendo. ¿Seguro que no has hablado con nadie y te han dicho algo? – esta frase era constante.

– No hay nada que entender. Así son los sentimientos. A veces se van. Ahora voy a colgar. Deja de llamarme, por favor.

fuerza

¿Cómo conseguí tal fuerza de voluntad? Era férrea, ni un tanque hubiera podido conmigo. Y cada día que pasaba estaba más segura, más fuerte. Si bien a veces sentía mucha ansiedad, me sentía perdida, notaba su ausencia… pero en esos momentos me centraba en recordar el tenedor en mi pierna, el hambre, las violaciones… él y su madre…  Y seguía con terapia dos veces a la semana; eso fue fundamental.

Hasta que un día…

Me llegó un mensaje de texto después de unas quince llamadas seguidas <<Mañana es mi cumpleaños. Espero que me llames para cantarme cumpleaños feliz. Ah no, no hará falta… podrás cantármelo en persona porque ya sé dónde estás. Y dónde trabajas.>>

Me sentí morir, sentí nauseas, sentí que todo me daba vueltas. Fue como si un camión me hubiera arrollado, era como volver a la guerra. ¿Cómo podía saber dónde estaba?. ¿Quién se lo había dicho?. En ese momento me maldecí mil veces por no haber contado a mi familia la verdad pero nunca pensé que él pudiera preguntar y mucho menos ellos decirle.

miedo

No me di cuenta de que estaba temblando hasta que mis amigos Jorge y Rocío (a los que conocía hacía menos de un mes) me sujetaron y me preguntaron que qué ocurría.

Creo que mi cara debió de decir mucho en ese momento porque Jorge me miraba intensamente a mí, a los ojos y yo a los suyos y Rocío lo miraba a él.

– María ¿Quién te ha escrito?- preguntó Jorge con firmeza.

– Mi ex-novio- creo que debí contestar. O tal vez no porque Jorge cogió mi teléfono y miró el mensaje. Yo en ese momento no tenía siquiera fuerzas para oponerme. Y prosiguió diciéndome;

– María yo sé lo que te está pasando. Lo sé porque no me dejas ni que te roce el brazo, te pones tensa ante cualquier contacto físico, porque te agazapas con el grito más insignificante, porque no permites que nadie se acerque a ti. Y porque te he oído tener pesadillas cuando hemos dormido todos en casa de Rocío. Está bien que no cuentes nada. Es tu intimidad pero quiero que sepas que no estás sola. ¿Mañana es el día?. Perfecto. Tranquila porque estaremos contigo.

Y sin más me abrazó.

Creo que fue la primera vez que abrazaba a alguien diferente al psicópata desde que tenía 15 años. Jorge, Rocío y yo nos abrazamos muy muy fuerte.

No me lo podía creer pero al día siguiente hubo turnos dentro de mi nuevo grupo de amigos para estar conmigo.

Y él apareció. Costará trabajo creer esto pero supe exactamente el momento aún sin verlo. Sentí su presencia. Fue como sentir el sonido de una bomba llegar y no poder hacer nada para zafarte. Iba hacia el coche de uno de los chicos en el aparcamiento de un centro comercial cuando me quedé parada, no podía moverme.

– Él está aquí- fue lo único que conseguí decir cuando me interrumpió una llamada.

– ¿En serio María? Diles a esos que se vayan porque tú y yo tenemos algo pendiente.

Miré a Jorge y él me miró de nuevo con la misma intensidad del día anterior. Y después me sonrió.

No sé qué tenía esa mirada y esa sonrisa que hizo que de nuevo todo se pusiera en su sitio y fuera capaz de decir con calma y seguridad todo lo que salió de mis labios mientras intentaba encontrarle con la mirada. ¡Dios mío ahí estaba! A tan solo 4 filas de coches de mí. Tragué y hablé;

– Mira… si no te mantienes a 500 metros de mí te denuncio. ¿Te queda claro? No sé si lo sabes, pero esto que estás haciendo se llama acoso. Una persona adulta puede perfectamente decidir dónde quiere vivir y con quién. Estas personas que están aquí conmigo son testigos de lo que estás haciendo. Y en cuanto cuelgue el teléfono pienso poner en conocimiento de mi familia y de tu querido círculo lo que está pasando y créeme que vas a quedar muy mal parado porque no voy a callarme nada. No solo voy a denunciarte, también haré públicas tus llamadas, tus mensajes y ojo con ese trabajo que tantas ganas tienes de conseguir y al que no puedes acceder si estás en un proceso judicial porque como yo mueva un dedo no lo vas ni a oler.

Y colgué. Me metí en el coche y nos fuimos.

abraz

Acto seguido llamé a mi padre y por primera vez conté levemente lo que él me había hecho y le pedí que hablara con su familia. Luego al tiempo me enteré de que bueno… mis padres hicieron mucho más y tal vez fueron la razón de que él bajara sustancialmente el nivel de acoso. Y el lector pensará; ¿por qué no lo denunciaste? Pues porque hace 20 años eso era un sueño. No había forma de que te creyeran. Si esto me hubiera ocurrido hoy quiero creer que denunciaría sin pensarlo. Pero al menos la amenaza sirvió para que nunca más intentara acercarse a mí, al menos en persona. Siguieron meses muy duros hasta que finalmente decidí irme de España. Puse miles de kilómetros entre él y yo. ¿Decidí huir?. A mí me gusta pensar que decidí sobrevivir. La terapia continuó y aún hoy día la sigo. Como consecuencia de esta “relación” tengo TEPT (trastorno de estrés postraumático). Soy como esos soldados que vuelven de la guerra y que siempre están alerta. Siempre observando si el enemigo acecha. Nunca más he vuelto a mi ciudad, solo lo justo para ver a mis padres. Nunca más me he permitido pasar más de dos días ahí. Soy consciente de que han pasado 20 años pero para un psicópata el tiempo no existe. En esa relación lo perdí todo. Y muchas de esas cosas no las he podido recuperar nunca más porque ir a por ellas significaría respirar su mismo aire. He tenido que renunciar a mis amigos de la infancia y dejar que todos creyeran que yo era muy mala persona por abandonarlo así. He tenido que renunciar a ver a mi familia todo lo que me gustaría, a ver mi ciudad en Navidad, a vivirla y sentirla. Que injusto, ¿verdad? Al final la víctima se pierde a sí misma en el proceso y gran parte de las cosas más importantes de su vida para siempre.

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Y por supuesto durante años posteriores a escapar tuve que aprender lo que significaba tener una relación sana, conmigo misma, con mi pareja, con mis amigos…

Tuve que aprender a quererme mucho, mucho más que a los demás para detectar y no permitir nunca más ningún tipo de abuso, ya fuera encubierto o claro. Eso también te lleva a endurecerte y estar siempre a la expectativa del daño que la otra persona te puede llegar a hacer. Es muy duro estar con alguien que ha pasado experiencias como la mía y para mí es muy duro confiar plenamente en nadie. Es un aprendizaje continuo, día a día.

Y es curioso que llevo horas dando vueltas a este final y no consigo saber cómo debe acabar esta historia; y ahora entiendo que es porque no tiene final. Llevo años sanando, en terapia, corrigiendo hábitos, liberándome. Pero escribir esto ha sido como un revulsivo; he llorado, temblado, vuelto a ser una niña asustada ante lo que ese animal hacía y he sentido tanta rabia…

Pero levanto la cabeza y mi marido me mira desde el sofá, me mira a los ojos con una intensidad que no borran los años y yo miro a los suyos. Él sonríe. Vuelvo al presente. Y todo está en su sitio