"A veces para encontrar la luz se tiene que pasar por una intensa oscuridad "
Tenía 23 años cuando Adrián y yo nos casamos. Con la felicidad típica de los comienzos y con todas las ilusiones puestas en nuestro futuro.
Al año siguiente me quedé embarazada. Ese fue nuestro mejor regalo.
Y ahí estábamos los tres como una familia normal. Nada sugería que eso iba a cambiar.
Teníamos una vida como cualquier otra persona; trabajo, casa, nuestra niña, cenas con amigos, familia etc. Pero mi cuerpo avisó de que algo no iba bien pero, como un ciego que no quiere ver, no le hice caso y él, sabio como es, un día dijo BASTA.
Ese día me levanté, me arreglé, llegué a la estación y me tomé un café con tiempo para fumar un cigarrillo en el andén antes de que llegara mi tren.
Vi a lo lejos que llegaba, y mi cuerpo se revolvió pero no le di importancia y en cuanto paró el tren tuve que ir corriendo a la primera papelera para vomitar.
Esperé uno y dos trenes más pasando por el mismo proceso en mi cuerpo; volví a vomitar y no pude subir a ese tren ni a ningún otro.
Aún sin saberlo esa es la primera señal de lo que estaba por venir.
Ese mismo día fui al médico pensando que era una gastroenteritis… pues cuál fue mi sorpresa cuando el diagnóstico fue de ansiedad…¿Ansiedad?… ¿Yo?
Me derivaron a psiquiatría (el cual confirmó el diagnóstico); depresión junto a una comorbilidad ansiosa.
Yo no entendía nada y todo empeoraba día a día.
No podía ir en transporte público, imposible ir a comprar al supermercado y ni hablar de entrar en un centro comercial. No soportaba la gente, tenía miedo incluso de salir de casa.
Así que hubo un añadido a mi diagnóstico; agorafobia. Lo que suponía tomar unas pastillas para dormir, otras para despertar y otras para pasar el día lo más dignamente posible. Y yo, con 26 años, una hija de dos, un marido trabajando…y sin poder cuidarme ni a mí misma.
Tenía temporadas buenas, otras malas. Seguía estrictamente el tratamiento del psiquiatra y del psicólogo pero sin ser capaz de coger un transporte público o estar en un sitio donde hubiera mucha gente.
Era horrible
Tenía sudores fríos, dolores de barriga, sufría una ansiedad y una angustia inexplicable.
El tiempo pasaba y me quedé embarazada de mi segunda hija, así que, como estaba preocupada porque la medicación le afectara, la dejé de golpe.
Hice mal, lo sé.
Eso me condujo a cambios de humor muy bruscos, lloreras, sudores, no dormir etc., así que mi marido me planteó que como él solo no podía, que nos fuéramos a vivir a 1000 km, allí donde residía mi madre (lo cual no sé si sirvió de ayuda o empeoró la situación en esos momentos).
Ya en esos tiempos yo empezaba a ser medio autómata; dejaba que los demás decidieran por mí, así que acepté que nos mudáramos. Me sentía culpable por él, no era justo que Adrián tuviera que cargar con todo…
Vivir en ese pueblo no fue nada fácil; el embarazo fue muy pesado, la convivencia con mi madre nada buena (creo que ella no entendía bien lo que me ocurría).
Pero lo mejor de ese año fue el nacimiento de mi segunda hija.
Cada vez me sentía más incomprendida y sola, ya que dependía totalmente de mi marido y él llegaba muy tarde de trabajar.
El estar cada mañana con la niña era contener el dolor de mi cuerpo, las ganas de llorar, las ganas de no existir.
Era verlo entrar por la puerta y salir corriendo al baño, necesitaba esconderme, no hacer nada… solo llorar. Podía estar allí 45 minutos solo desahogándome de no sabía qué.
Nuevamente llegó otra mudanza. Decidimos irnos a la tierra de Adrián con las esperanzas puestas de que estaríamos arropados por su familia.
Y así fue durante una temporada.
Nuevamente no hice caso de los avisos de mi cuerpo y me fui apagando poco a poco. Sin darme cuenta me marchitaba como una flor; no tenía opinión, no decidía nada, me dejaba llevar… estaba en una total rendición. ¡¡¡Y es que estaba agotada!!!.
Mi marido, el amor de mi vida y al que esto le venía grande, tenía reacciones cuando yo tocaba fondo que me derrumbaban.
Como por ejemplo; el día que me empezó a dar un ataque de ansiedad y él, tumbado en el sofá, me miró con ironía y me dijo:
– ¿Otra vez?.
Y no movió ni un dedo. Mi cuerpo engarrotado, completamente retorcido debido a la falta de oxígeno en mis extremidades por la hiperventilación y él no hizo NADA.
Así que tal vez por esto y por todo lo que yo estaba sintiendo, un día que estaba sola cogí unas tijeras y empecé a cortarme los brazos (no sería la primera vez, y no solo serían los brazos, llegaría incluso hasta autolesionarme en las piernas).
Llegó mi marido y ante tal panorama me llevó a urgencias. Allí me curaron las heridas pero después tenía que esperar la visita de psiquiatría y ahí, estando los dos en esa sala de espera decidí, sin razón alguna, darme cabezazos contra el marco de la puerta haciéndome tal herida que aún a día de hoy, cuando me da el sol, aparece una mancha blanca en mitad de la frente. La cual siempre me hace recordar ese fatídico instante.
Obviamente llegó personal sanitario de inmediato. Me volvieron a curar, me hicieron cuatro preguntas que ni recuerdo y me dieron una pastilla del tamaño de una moneda de cincuenta céntimos de color amarilla.
No recuerdo casi nada a partir de ese momento.
Tal vez algunas frases, entrar en una habitación, que me daban de comer y que me habían puesto un babero todo manchado…poco más…
No tenía conciencia de lo que hacían ellos ni de lo que me estaban haciendo a mí.
Y cuando la recobré, unas 24 horas después, ya estaba vestida con un pijama y un auxiliar me explicaba las normas del psiquiátrico. Yo no sé cómo será la normativa carcelaria pero lo que sí sé es que dónde yo estaba ingresada era cuanto menos similar o peor seguramente.
Psiquiátrico… ¡Qué palabra!… ¿verdad?.
Directamente pensamos en locura porque el que está ahí dentro…”estará como una chota”…
¡Qué equivocación tan grande!…
Las personas que se encuentran ahí están para seguir un tratamiento, recuperarse y curarse. Como cuando ingresas por una neumonía o unas anginas y necesitas mejoría.
En mi caso era para salvarme la vida.
Hay mucho estigma y desconocimiento sobre las enfermedades mentales y os digo que nadie está libre de poderlas sufrir. Pero también os digo que de todo se puede salir y que nada es por nada. Siempre habrá un clic que te hace revivir y luchar.
Volviendo al relato…
Debido a la medicación hay periodos de esa etapa que no recuerdo.
Con el psiquiatra que me asignaron no había muy buen “feeling”, por llamarlo de alguna forma y mi experiencia con él no fue nada buena.
Me decía cosas como estas, juzguen por ustedes mismos:
– En tu casa no tienes dos niñas sino tres.
– No entiendes la situación que él está pasando (refiriéndose a mi marido). Eres una egoísta.
Yo quería explicarle, pero él no me dejaba hablar.
Ahí entendí por qué las ventanas de un psiquiatra tienen rejas. Después de tener una sesión con dicho doctor y tras tremendo machaque salí de la consulta dudando si en realidad estaba loca o no.
Incluso me pregunté que tal vez estaba loca pero… ¿no me había dado cuenta?…
Esta situación en psiquiatría puso un peso más en mi gran mochila. Ya me encontraba sola, perdida, incomprendida, culpable… y todo esto fue como una gran piedra para mí.
Miré la ventana para coger carrerilla y saltar por ella para acabar con todo ese peso, pero ¡qué suerte la mía!…¡la ventana tenía rejas!.
Las visitas eran bastante reducidas. A las niñas las veía a través de una ventana cuando Adrián las traía. Ese momento era el mejor de mis días, verlas a ellas y olvidarme de todo, lo mío no importaba, mi felicidad eran mis niñas, pero cuando ellas marchaban la realidad caía y era como un ladrillo.
No podía estar ahí fuera con ellas.
Estaba sola sin poder estar con mi familia, cuestionándome, preguntándome qué hacer para poder salir de ahí. Me costó un tiempo pero entendí que si eras contestona y dabas tu opinión en ese hospital, tardabas más en salir y ello supondría, además, un aumento de dosis de medicación.
No me sentía apoyada por nadie; las visitas eran de una hora y Adrián cada día estaba menos tiempo y cuando estaba apenas hablaba.
En una de ellas me propuso el divorcio. Sí… ¿cómo podía ser que el amor de mi vida saliera corriendo en el peor momento de mi vida y me planteara el divorcio?.
Y para colmo aquel “maravilloso” médico, además, proponía encerrarme en el psiquiátrico una larga temporada.
Así que esperé a que fuera miércoles, que era el día en que tenías derecho a una llamada y sorprendentemente llamé a mi madre y le pedí que viniera a buscarme diciéndole:
– Mamá… mamá ven a buscarme porque me van a encerrar. Voy a perder a las niñas- Y mientras, no podía dejar de llorar.
Y así lo hizo para mi sorpresa, en pocos días mi madre ya estaba ahí sacándome del psiquiátrico haciéndose cargo de mí, mientras Adrián se dio prisa para buscar un abogado, legalizar la separación y posteriormente el divorcio.
Tengo que decir que en esa época yo estaba perdida totalmente, no había luz. Todo estaba en auténtica oscuridad.
Yo, la autómata. En eso me había convertido
Estaba medicada a unos límites inimaginables. Ya no estaba, no existía. Solo sentía culpa, rechazo hacia mí, y me cuestionaba todo.
Hubo otro intento de autolesionarme y otra vez me vi en el hospital… pero esta vez mi madre, llorando, me dijo que no volviera a hacerlo, que ahora yo estaba en sus manos y que ella me cuidaría.
Y por suerte también estaba en manos de otro psiquiatra (llegué en su turno de guardia).
Esta vez era una doctora que sí me escuchó y me dijo que no me ingresaría de nuevo si me marchaba de esa ciudad. Que volviera a mi tierra natal y que me recuperara. Que ese debía ser el primer paso.
Entre toda la dureza de lo vivido, lo más duro fue entender que yo no estaba capacitada al 100% para cuidar de mis hijas yo sola y mucho menos de darles calidad de vida.
No tenía trabajo y para que no les faltara de nada, cosa que su padre económicamente sí podía cubrir sin ninguna duda, decidí irme a mi ciudad, alejarme de las niñas físicamente, e intentar sanar.
No me lo pusieron fácil. No, no fue nada fácil.
Tardé unos cinco años en estar recuperada totalmente y sin tener que tomar nada de medicación. Pero lo conseguí.
Y esto fue gracias a una gran terapeuta, la cual me dijo cuando llegué a su consulta que tenía un pie dentro y otro fuera, que tenía el 50% de posibilidades de agarrarme a la vida.
Mi último diagnóstico fue trastorno límite de la personalidad. Nunca pensé que podía salir de esa oscuridad pero esta enfermedad es una lucha diaria y te tienes que obligar, aún sin ganas, de hacer lo que te indique tu terapeuta. Debes ocupar tu mente y no pensar más allá del día a día.
Os tengo que decir que aún ahora me acompaña esta oscuridad, pero soy yo la que decide si la dejo entrar o no, ya que ahora sí que escucho a mi cuerpo.
Ya soy capaz de coger transportes públicos, entrar en centros comerciales, salir sola a la calle y qué decir!!!. ¡¡¡Ahora pienso por mí misma y ya no soy ninguna autómata!!!.
Busqué trabajo, independencia, me cuidé por dentro y por fuera.
Y pese a la distancia física con mis hijas, desde el minuto uno siempre y cada día, nos hemos llamado por teléfono.
Al principio su padre no me dejaba hablar con ellas, pero esto lo tenía claro. No podía estar lejos de ellas. Jamás dejaría que mis hijas se olvidarán de su madre y que pensaran que las había abandonado.
Yo me fui para darles un mejor futuro, para demostrarles y enseñarles a una madre vital y no muerta en vida como estaba.
Y ahora he vuelto a ser yo. Sí, lo digo en mayúsculas; SOY YO, Olivia.
Y mis hijas están orgullosas de su madre y yo estoy orgullosa de mí misma y de ellas.
